18 de gen. 2019

Mal Bicho (una historia d la Barcelona post-olímpica)

 (des de fa un temps estic escrivint uns relats breus sobre històries de la Barcelona dels 80s i dels 90s, històries d'històries, històries meves, històries d'altres... Aquesta de MAL BICHO és 100% meva. Veient la fatxanderia dels taxistes de Barcelona, la seva xuleria, mentides i el seu menyspreu pels clients, he pensat que era un bon dia per saltar-me la regla i publicar el relat abans de publicar tot el recull, com veureu els que em seguiu per perfil polític, ni estil, ni temàtica ni res s'hi assembla. Això, amb més o menys encert, només ho escric com a literatura)
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MAL BICHO
Noche de jueves en el Tarantos. Ahí descubrimos, cuando no sonaban en ningún otro sitio, Los Fabulosos Cadillacs. Tarantos nocturno, sala pequeña a la que se accedía por unas escaleras cruzando el Jamboree. Programan flamenco, pero nosotros vamos cuando ya es disco.

Nada especial, esa noche. En la Barcelona post-olímpica aquella Plaça Reial territorio de reyertas de los ochenta, ha dado paso a un espacio neutralizado de la Ciutat Vella, en el que las terrazas de los restaurantes cada vez invaden más espacio.

Nos hemos corrido farras memorables, en el Tarantos.Y algunas broncas. Como cuando apareció aquella tuna de no sé donde. Pero hoy estamos tranquilitos, nuestras birras y unas risas. Pa casa.

Cruzo la Rambla y dirección mar pillo un taxi. "Buenas noches, a la Barceloneta". Después de las horas de deambuleo que llevo, ese confort de asiento de cuero y silencio es divino. El taxi arranca. "Que no me dé la vara", pienso. Y no. Vamos haciendo camino por el Moll de la Fusta.

En un momento dado me hace una pregunta, lo que me obliga a apartar la mirada de las luces del Maremàgnum. Mientras respondo, mirándolo, veo que lleva recogidas las llaves del coche en un enorme llavero con la bandera española y el aguilucho. "Tela", me digo para mi. Y me añado "pasando". Pero cuando giramos para coger el Passeig de la Barceloneta, veo que en el salpicadero del coche, ahí donde antes se llevaba aquello de "No corras", con la foto de los hijos, lleva un "Arriba España" con las fotos de Franco y de José Antonio.

- mire, déjeme aquí mismo -le digo. Estamos por la mitad del Passeig-

Para, me dice lo que es, saco la cartera, saco un billete, le pago, me devuelve el cambio, abro la puerta... y no puedo evitar un "Bona nit, fatxa" mientras salgo.

Pensaba que arrancaría sin más, que me ignoraría. Pero no. No he acabado de salir del taxi que veo que abre su puerta. Lío fijo. Acelero para largarme, mirándole de reojo. Cuando está fuera del taxi se agacha y de lo que es ese espacio entre asiento conductor y puerta saca una navaja de palmo y se lanza hacia mi vociferando "qué pasa, rojo de mierda, ven aquí si tienes cojones"

Joder, vaya psico, me digo. Sigo acelerando, hasta la acera del Passeig. El taxista no acaba de cruzar la calle y se vuelve al taxi. A esa distancia prudente en la que estoy me quedo mirándolo, y veo coge la radio del taxi. Eso no es nada bueno.

Intuyo lo que ha dicho por la radio, que le han intentado atracar, agredir o similar. Es lo que genera una reacción inmediata en todos los taxistas de la zona. Pienso que ir directamente hacia mi casa no es una buena idea y me meto por las callejuelas de la Barceloneta. Voy tranquilo. Pero empiezan a aparecer taxis con la luz verde por todas las calles. Me oculto un poco en un portal, esperando sea sugestión. Pero no, están apareciendo taxis por todas partes, a dar caza al chorizo. Que soy yo.

Los veo pasar. A cada cruce se frenan para mirar la calle perpendicular. El portal me ofrece refugio solamente hasta que pase un taxi por la calle y me vea. Y cada vez hay más taxis. Si me cogen me va a caer la del pulpo, está claro que es una cacería.

Piensa rápido, por lo que más quieras, piensa rápido, me repito. Unos cinco metros a la derecha del portal que momentáneamente me oculta hay dos contenedores de basura. El camión ya ha pasado, porque están cerrados, no asoma ninguna bolsa. Miro que en ese momento no esté pasando ningún taxi y me lanzo al contenedor, lo abro, salto dentro y lo cierro.

Es la oscuridad total. Y el olor, insoportable, insufrible. Con el encendedor miro la hora. Me concentro en no desmayarme por el pestazo. Vuelvo a mirar la hora. Cinco minutos. Abro un dedo la tapa por si pasa un poco de aire. Nada. A los 20 minutos ya no aguanto más. Y salgo todo lo prudentemente que puedo. No hay taxis a la vista. Supongo que después de 30 minutos de cacería infructuosa la han levantado.

Llego a casa acojonado, sin encender luces, y me desnudo y ducho con un asco de vómito. La próxima vez vas a por él, me digo.